Mayo 26 de 2020

Buenos Aires, Argentina

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"Nuestro principal error geopolítico fue replegarnos en lugar de desplegar el proyecto de nación"

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Conferencia LA FORMACIÓN TERRITORIAL DE LA ARGENTINA a cargo del Diputado del Mercosur Dr. ASSEFF

LA FORMACIÓN TERRITORIAL DE LA ARGENTINA

Apuntes sobre errores de visión

 Por Alberto Asseff

    Cualquier proyecto común – eso es una Nación – necesita asentarse en un territorio. Sea cual fuera el ideal no puede prescindir de ‘un cable a tierra’, con licencia por el uso de esta frase común.

   La Argentina desde su génesis exhibió un singular menosprecio por el valor del territorio. Adoleció de conciencia al respecto. O, peor, tuvo otra conciencia que podríamos denominarla de ‘disvalor del territorio’.

   La cuestión es vasta, como inmensas han sido las consecuencias, sin dudas negativas.

   Sólo para arquitecturar un esquema expositivo del asunto me parece procedente examinar cuatro ‘memorables’ – no precisamente por su utilidad – frases. Las cuatro son elocuentes para signar que nuestro devenir más que de “formación” territorial fue de deformación.

   “Lo que conviene a Buenos Aires es replegarse sobre sí misma”. La pronunció Bernardino Rivadavia en la Sala de Representantes, en 1822.

    Antonio Gutiérrez de la Fuente – quien en 1829 fue presidente del Perú – había llegado a Buenos Aires como Enviado de nuestro Libertador, previa visita al gobernador cordobés Juan Bautista Bustos, de muy buenas relaciones con San Martín. Fue en 1822. El objetivo, casi desesperado, consistía en que auxiliaran la misión libertadora para poder completarla ¿Qué significaba ‘completarla’? Liberar a las provincias rioplatenses del Alto Perú (hoy Bolivia). Los realistas, desplazados de Lima y de las costas peruanas, se habían internado en el Alto Perú. Allí resistían.

   Rivadavia lo recibió con frialdad. Gutiérrez de la Fuente relata esa gelidez, contrastante con el franco apoyo que recibió de Bustos. Respaldo que era insuficiente. La única con disponibilidad dineraria era Buenos Aires, monopolizadora de la fuente principal de ingresos fiscales, la Aduna del cuasi puerto único (por esa principal razón la ácida rivalidad con Montevideo y sus funestas consecuencias geopolíticas; y con Paraguay y todo el interior). La única concesión que hizo Rivadavia fue llevar el asunto a la Sala de Representantes e invitarlo al Enviado para que asista a la sesión.

   El 2 de agosto de 1822, refiere G. de la Fuente en carta a San Martín: “Tomó la palabra el ministro de Hacienda, doctor Manuel José García, y habló de dos mil disparates desordenados y, entre ellos, hizo ver que él era de opinión de que AL PAÍS ERA ÚTIL QUE PERMANECIESEN LOS ENEMIGOS EN EL PERÚ…También dijo que cierto cortar la guerra por medios políticos, mejor que con bayonetas…Luego tomó la palabra el canónigo Agüero. Apoyó cuanto había hablado García…”. G. de la Fuente mencionó en esa misiva que “el único que apoyó al pedido de San Martín fue Gascón quien los atacó furiosamente (a García, Agüero y demás)”. Valentín Gómez se sumó al rechazo para el pedido de auxilio. Juan José Paso, con más prudencia, igualmente dijo que era “inútil que se hiciesen gastos…”. El Comisionado informó que “todos los diputados están complotados (contra el pedido de auxilio) incluso los tres ministros…”. Un solo voto a favor de San Martín, el de Gascón. “El Centinela” saludó la decisión por “buena”. De la Fuente le escribió a Bustos: “Yo veo, general, que estos señores deliran”. Marchó a Córdoba donde logró una división de 300 hombres. Insuficiente. (véase Vicente D. Sierra, Historia de la Argentina, 1819-1829, p.272 y sig.).

   Arturo Jauretche en su “Manual de las zonceras argentinas” incluye a este (des) concepto rivadaviano como la zoncera número tres,

   Consecuencia: 1.099.000 km2 – serían 1.454.000 si contamos los 355 mil de Acre que en 1902 incorporó Rio Branco al Brasil – se escurrieron del territorio nacional. Se desligó lo que debió ser nuestro Colorado, Nebraska, Nevada; o nuestra Amazonia; o nuestra Siberia. Se disfumó la Argentina continental.   

   Si la batalla de Ayacucho – diciembre de 1824 – la hubiera ganado San Martín – o Arenales u otro de sus lugartenientes-, el destino de América del Sur habría sido distinto. Me inclino a pensar que mejor, aunque no se puede incursionar en conjeturas contrafácticas.

   Una mera comparación: Coetáneamente tomábamos el empréstito por 1 millón de libras esterlinas con la casa Baring Brothers. Pues en 1819 el presidente Monroe le compró Florida a España por 5 millones de dólares. La libra siempre valió más que el dólar ¿La visión – si los señores de la Sala de Representantes la hubieran tenido – no aconsejaba tomar un empréstito para auxiliar a San Marín y así reincorporar a las provincias que el 9 de de Julio de 1816 habían declarado la Independencia, pero que estaban bajo el control realista? Otro antecedente es que Rivadavia propuso por esos días a la Sala que autorice 20 millones de pesos para auxiliar a España ante las amenazas del rey francés. Es que quería halagar a Madrid para que ceda en sus pretensiones de restaurar el dominio colonial. Quería obtener el triunfo sin pelear.

   Un párrafo para Tarija. Su Cabildo votó por agregarse a Salta. Bolívar ordenó su devolución a la jurisdicción argentina. Si no fuera por la feroz guerra civil, Rosas pudo recuperarla cuando Manuel Oribe le ofreció consumar esa reivindicación, con Lavalle derrotado y muerto. Pero los Ejércitos eran necesarios para afrontar las querellas intestinas, interminables, agotadoras, …

    Hoy Tarija es la principal reserva de gas de América del Sur…

   “El mal que aqueja a la Argentina es la extensión”. La escribió Sarmiento en “Facundo: Civilización o Barbarie”. El libro lo publicó en Santiago de Chile en 1845.

   Ninguna de las grandes naciones de la historia ni tampoco las contemporáneas sustenta su acción sobre una falacia tan colosal como esta.

   Chile, el refugio de Sarmiento, nos da un ejemplo. Vencedor en la guerra del Pacífico – 1879-1883 – se apropió de Tarapacá, Arica y Tacna. Estos territorios están en la latitud de las ex provincias altoperuanas de Potosí, Charcas y Cochabamba. Debió restituir Tacna a Perú, pero se mantuvo en las otras. La “extensión” desde Santiago a Arica es la misma que existe entre Mendoza y Oruro, próxima a Cochabamba, en el corazón del altiplano.

   ¿Por qué para nosotros la extensión era un ‘mal’ y para Chile – apenas al otro lado de la Cordillera – un bien? En la misma época.

    Veamos algunas distancias o “extensiones”. De Mendoza a Oruro (ex territorio de las Provincias Unidas, presente en el Congreso de Tucumán), 2.183 km; de Santiago de Chile a Arica, 2035; de Filadelfia a San Francisco, 4051; de Moscú a Vladivostok, 9.136; de Río de Janeiro a la frontera con Venezuela corren más de 2.500 km; entre Pekin y el Tibet, 2.722 km.

    Fue inexplicable falta de visión incluir ese (des) concepto en “Facundo”, si bien el autor posteriormente lo inscribió como un ‘arma’ de la lucha contra Rosas intentando disimular algunas demasías. Y debe reconocerse que cuando siendo presidente algunas voces trasandinas lo interpelaron para que mantenga su antigua postura, el sanjuanino contestó que antes luchaba políticamente, “pero ahora soy el presidente del país y mi responsabilidad es absolutamente distinta”.

   “La victoria no da derechos”. La expresó el ministro de Relaciones Exteriores de Sarmiento, Mariano Varela, en 1869. La justifican algunos historiadores porque señalan que el ministro intentó frenar los designios de Brasil que procuraba hacer de Paraguay un “Protectorado”.

   La victoria siempre ha dado derechos. En toda la historia. Aún hoy, Londres la invoca para sostener – contrariamente al mandato de la ONU – que “no se negocia la soberanía de las Malvinas y los otros archipiélagos australes”.

   Varela, como otros miembros del gobierno de Sarmiento, sobrellevaba a la sazón una puja política con Bartolomé Mitre. En el contexto de ese enfrentamiento se produjo ese desgraciado pronunciamiento, seguido de un acuerdo firmado con Río Branco mediante el cual la Argentina renunciaba al Chaco Boreal, hoy paraguayo.

   Es interesante memorar un pretendido razonamiento de Varela para sustentar su dislate: “el mundo entero, al igual que Hispanoamérica, se ha horrorizado con la Guerra contra Paraguay. No les demos pretextos. Renunciemos a nuestro derecho territorial sobre el Chaco hasta Bahía Negra (lo reconocía el Tratado de la Triple Alianza)”.

    El resultado no puede ser peor: aún hoy los paraguayos mantienen abierta la herida, pero se adueñaron el Chaco septentrional, ratificado por su victoriosa  guerra contra Bolivia de 1936, en la que nosotros los auxiliamos para sólo obtener un Premio Nobel.

    Es tan contradictorio nuestro desempeño en materia territorial que el propio Sarmiento le comunicó al Congreso Nacional el 1 de mayo de 1874 que se había constituido el Territorio Nacional del Chaco con capital en Villa Occidental, rebautizada como Villa Argentina, frente a Asunción, en la ribera norte del Pilcomayo. Hoy se llama Villa Hayes en homenaje al presidente norteamericano que arbitró, a favor de Paraguay, la cuestión limítrofe en 1878. No caben dudas que convergieron varios factores para ese decisorio de Hayes: la diplomacia del Brasil; el acuerdo Varela-Río Branco; y una declaración pública de Mitre – cuando vio que podíamos perder, salvo que enfrentáramos bélicamente a Brasil – en el sentido que “ese territorio del Chaco no sirve para nada”. Hoy es el área principal sojera del Paraguay y tiene petróleo.

  “América para la Humanidad”. La manifestó Roque Sáenz Peña en el Congreso Panamericano de 1889. Don Roque fue un gran argentino y entre sus lauros está el de ser general del Perú pues fue un combatiente voluntario en la Guerra del Pacífico. Empero esa frase hueca de sustancia geopolítica no neutralizó el “Destino Manifiesto” de los norteamericanos – que les permitió construir una “república continental” (en rigor tricontinental)- materializado en la Doctrina Monroe de 1823, “América para los (norte) americanos”.

   Esa Doctrina no se aplicó en una circunstancia crucial para nosotros, la invasión británica a Malvinas el 3 de enero de 1833. Tributó, sí, a la guerra que Washington desató contra España en 1898 a partir del autoatentado que hundió el acorazado Maine en febrero de ese año. El navío estaba amarrado en el puerto de La Habana. Los EEUU habían ofertado a España comprar Puerto Rico y Cuba pues – sin que los perturbe la “extensión” – pretendían asegurarse el control del Caribe y del Golfo de México. La negativa de Madrid condujo a la guerra. Washington necesitaba un pretexto y por eso perpetró el hundimiento de su acorazado endilgando el hecho a los hispanos de Cuba.

   De paso digamos que la derrota de España implicó que los norteamericanos se aposentaran como potencia del Pacífico 70 años antes de que ese océano devenga en “el Mediterráneo moderno”. Se adueñaron de Filipinas – borraron a nuestro idioma allí -, aunque después de la 2da Guerra le reconocieron la independencia. Pero aún están en las Marianas y en Guam, a 9.333 km de San Francisco, ilustrativo para marcar la disparidad de ideas entre los dirigentes de Washington y los de Buenos Aires en orden a si la distancia es o no un “mal”. Contrastante ‘visión’.

   La ‘tricontinentalidad’ de los EEUU se debe a que ellos se formaron con la conciencia territorial como hálito, impulso. Siempre, en toda su historia, buscaron la ‘nueva frontera’. Hoy la exploran en el espacio sideral.

   En nuestra trayectoria tuvimos una lastimosa constante: la guerra interna, muchas veces a sangre y fuego, otras con furiosidad política propia de enemigos y no de compatriotas adversarios. En esa pugna permanente el territorio siempre fue moneda de cambio. El otro factor debilitante fue la ingénita corrupción. Recomendable es la lectura de la crónica de viaje “Remontando el río Paraná” del periodista inglés Theodore Child, escrita en 1889. En ese libro se patentiza la antigüedad de la fuga de capitales, de los cohechos, del enriquecimiento ilícito y de otras lacras argentinas. Ya se sabe pero hay que machacar el asunto: si los gobernantes se ocupan de sus negocios, la cosa pública se gestiona mal e insuficientemente. El tiempo de gobierno se aplica a las incompatibles gestiones personales.

   En 1811 los portugueses invadieron la Banda Oriental del Uruguay por pedido del virrey Elío, pero en 1816 fue Buenos Aires la que los volvió a invitar en el consternante (des) concepto de que así se terminaría con el más que molesto reclamo federalista de Artigas.

   Sarmiento, exiliado en Chile, instó en 1843 para que el presidente Montt ordene ocupar Puerto Hambre (hoy Punta Arenas) y todo Magallanes. Llegó a autopostularse para ser diputado por esa Región, recién incorporada a Chile. Ya presidente argentino – 1868-1974 – rectificó esto, pero ya era tarde. Magallanes fue y es chileno, a pesar de los desvelos del mendocino Carlos María Moyano, primer gobernador del territorio de Santa Cruz- 1884-1897. Enarboló la bandera nacional en el seno Última Esperanza – hoy Puerto Natales, a escasos kilómetros llanos de Río Turbio -, pero el Protocolo de 1893 – “Argentina en el Atlántico, Chile en el Pacífico” – determinó que otra vez nuestro pabellón sea arriado, no obstante ser los primeros ocupantes y que ese seno se halle aquende la cordillera fijada como deslinde.

    Una de las corrientes que formaron nuestra configuración geopolítica vino por el Pacífico. No hubo visión al renunciar a ese océano y mucho menos a luz de que 87 años después de 1893, en 1980 nos vimos obligados a reconocer la soberanía chilena en tres islas – Picton, Nueva y Lennox – que no se requiere ser geógrafo para ubicarlas en el Atlántico. Algo tan duro que el presidente Alfonsín trató de convalidarlo mediante el referéndum de 1984.

   La visión sesgada en la geoformación del país se exterioriza – en gruesos trazos – en los siguientes aspectos:

  En orden a la hidrografía, todos los pueblos del mundo intentaron – algunos lo lograron – controlar las fuentes y las dos riberas de los ríos articuladores como el Paraná o el de la Plata. Incluyo a cauces no tan importantes, pero identificables como el Bermejo y el Pilcomayo. Hablando del Bermejo, el noble Dr. Belgrano ya lo había estudiado en 1808, cuando estaba en el Consulado. Por lo tanto, Rivadavia estaba obligado a no menospreciar esa cuenca que dependía del destino final de las provincias altoperuanas. Rusia hizo lo indecible para asegurar geográficamente a San Petesburgo ¡Vaya si lo sufrió Finlandia! EE.UU. formalizó una cuestión prebélica cuando Londres intentó fortificarla desembocadura del río Columbia, al sur de Vancouver y al norte de Seattle, en el Pacífico. En su marcha al Oeste la mira estaba puesta antes que nada en el Missisipi. Nosotros toleramos – a pesar de la bravura de Pedro de Ceballos y luego de hombres como el coronel Brandsen, uno de los héroes de Ituzaingó – que en las narices de Buenos Aires, los portugueses fundaran ilegalmente Colonia del Sacramento, para contrabandear a la luz del día. Aún hoy no se entiende el valor geopolítico de la isla Martín García o de la del Cerrito, en el Chaco.

   Hay un antecedente casi omitido en nuestra historiografía: la Intendencia del Paraguay, en los tiempos del Virreinato, tenía como límite meridional el río Tebicuary de modo que la jurisdicción de la Gobernación Intendencia de Buenos Aires – y específicamente la Tenencia de Corrientes - incluía las dos riberas del Paraná, por caso donde hoy está la represa de Yacyretá. Cuando el gobernador Velasco, en 1810, rechaza a la Primera Junta y enfrenta a Belgrano, como decisión defensiva, despliega sus fuerzas hasta el Paraná. Así, lo que debió ser la unidad de las Provincias Unidas devino en una ampliación del territorial de una de sus desgajadas.

   De paso, como dato bastante ignorado, cabe consignar que la Primera Junta erró al enviar al coronel José de Espínola y Peña en 1810. Esta persona tenía pésimas relaciones con Velasco y su presencia indispuso al gobernador español ab initio.

   Es interesante recordar que la primera decisión del gobierno autónomo del Paraguay – pero no independiente – surgido de la destitución de Velasco el 14 de mayo de 1811 fue oficiar a Buenos Aires. Transcribo una parte sustancial:

(...) esta Provincia no sólo tenga amistad, buena armonía y correspondencia con la Ciudad de Buenos aires y demás provincias confederadas, sino que también se una con ella para el fin de formar una sociedad fundada en principios de justicia, de equidad y de igualdad (...)

Las bases de la relación con Buenos Aires fueron determinadas por el Congreso como de independencia absoluta del Paraguay hasta la reunión de un congreso de las Provincias Unidas. Se nombró como diputado al Congreso a reunirse en Buenos Aires a Gaspar Rodríguez de Francia, que anteriormente había sido nombrado para ese cargo por el cabildo. Un requisito fundamental era que los reglamentos, formas de gobierno o constitución que sancionara dicho Congreso debían ser ratificados por el Congreso paraguayo.

  Sólo en 1842 Asunción declaró la independencia del Paraguay. Rosas no la reconoció. El Imperio del Brasil sí, en 1844. Notable es un antecedente: España la reconoció tardíamente, en 1880.

   Cuando Urquiza acordó con el Imperio del Brasil la guerra contra Rosas, los brasileños incluyeron llamativamente una cláusula: que la Confederación Argentina debía reconocer la independencia del Paraguay. Rosas cayó el 3 de febrero de 1862. En julio de ese año Paraguay estaba reconocido.

   ¿Brasil amaba tanto al Paraguay que lo quería independizar de la Argentina? ¿Por qué este sumo interés de que se consumase jurídicamente la secesión si trece años después impulsaría una guerra – la de la Triple Alianza – contra ese país?

   Así como nosotros no afirmamos soberanía nacional en el territorio chaqueño  a partir de la victoria contra Paraguay, Brasil consiguió lo que geopolíticamente buscaba: asegurarse la cuenca superior del río Paraná. Con gran visión.

  Esa abdicación argentina en el Chaco Boreal determinó que perdiéramos el control del principal eje articulador de la parte oriental de nuestro territorio: la Hidrovía Paraná –Paraguay, por donde se transporta gran parte de nuestros granos y los de Paraguay y Bolivia, sin omitir a la producción del Mato Groso. Sólo tenemos jurisdicción hasta el km 1.400, en Clorinda, pero la cabecera norteña de ese “camino fluvial” – Puerto Cáceres (Bolivia) se halla en el km. 3.442. Dos mil kilómetros más. Demasiada “extensión” diría Sarmiento…

  Un elemento que influyó negativamente en toda nuestra historia – pervive hoy mismo – es lo que podríamos denominar la ‘interferencia ideológica’. Se trata de la desfiguración de la realidad – y del interés nacional – producida por el corset ideológico. El dogma se antepone a la realidad e inclusive a la necesidad. Al respecto es sugerente traer  a colación un acertado concepto del ministro de Relaciones Exteriores soviético pronunciado en 1953, en tiempos de José Stalin. Lo recojo del monumental libro de Hans Morgethau “La lucha por el  poder la paz”, publicado en 1963 por el Fondo de Cultura Económica de México. Dijo el alto funcionario comunista: “Si un buque de guerra (extranjero) se dirige desde el Mediterráneo hacia el Mar Negro forzosamente pasará por los Dardanelos sin importar que el gobierno de Moscú sea zarista o comunista”. Por eso la relevancia de ese estrecho ultrapasa la ideología. Es un mandato determinante de la geografía.

   En los tiempos de nuestra formación territorial se sabía que los estrechos como el de Magallanes o las islas como Malvinas eran esenciales para asegurar la navegación, única forma de comunicarse, en ese mundo pasado, más allá de las vecindades. Los ríos eran las autopistas de principios y mediados del s.XIX, reforzadas por los ‘caminos de hierro’ que comenzaron a trazarse a la sazón. Por ende, nadie puede esgrimir que ‘sólo con el diario del lunes’ podemos interpretar que se adoleció de visión. Cabe sostener que con los diarios de la semana previa, el domingo – cualquiera que tomemos del s.XIX argentino-, debió tenerse conciencia de lo invalorable que era la configuración de las Provincias Unidas de Sudamérica sobre la base de la decisión de Carlos III en 1776.

   Otro aspecto de la óptica errada fue cómo se asistió, casi impávidos e indiferentes, al repliegue demográfico a horcajadas de una migración interna paulatina, pero sostenida en el tiempo desde el Norte a la llanura pampeana y al litoral fluvial. Fue el contraste del despliegue poblacional que la idea de un país continental exigía. Mientras nosotros dejábamos desértico el Chaco – y no sólo el que conservamos -, las migraciones brasileñas hacia el oeste – que aún hoy persisten – ejercieron y ejercen ‘presión geopolítica, a sobre Bolivia y Paraguay. Esa presión fue una de las causas principales – además de la ambición expansiva del Brasil – para que en 1902 Acre – territorio altoperuano que hoy sería boliviano – fuera vendido a los brasileños. Surge un interrogante: ¿por qué para los campesinos brasileños las tierras de Acre eran atractivas y, en contraste, al mismo tiempo  para los nuestros carecían de interés las del Chaco hoy paraguayo y boliviano (la próspera Santa Cruz de la Sierra, en el Llano del país vecino, prueba que se produjo un retroceso demográfico caracterizado por el error e inducido por un centralismo contractivo territorialmente hablando).

   El tan inicuamente denostado Julio Argentino Roca una vez más se destaca por su visión de estadista en esta materia (como en tantas otras). En efecto, siguiendo una política de Nicolás Avellaneda – su predecesor y buen presidente argentino -, el ‘Zorro’ impulsó el polo azucarero de Tucumán y en cierta manera el vitivinícola de Cuyo para retener la población y evitar el relativo despoblamiento del Norte y del Oeste del país.

   La realidad es que el objetivo de un ‘país continental’ – a semejanza de los EE.UU. – se diluyó a partir de la verificación de estos movimientos migratorios inversos: en vez de que desde el Chaco fueran hacia más allá, vinieron hacia el centro el país. La orientación migratoria del país fue un factor de achique en lugar de engrandecimiento.

   Es oportuno memorar que en 1824 los Estados Unidos sólo tenían 11 millones de habitantes. Su expansión territorial nunca hubiera acaecido sin la ley de ‘libre entrada’ al país que vino en 1874 a consolidar ese despliegue. Hasta 1924 rigió dicha  la libertad de ingreso. Desde 1824 a 1874 – medio siglo – los habitantes en Norteamérica ascendieron a 44 millones. El cuádruple. Un claroscuro con nuestra evolución poblacional: para ese año 1824 teníamos 900 mil habitantes. En 1874 apenas si habíamos duplicado esa cantidad.

   Si algo le quitó el sueño al Imperio brasileño y, más cercano en el tiempo, a los geopolíticos norteamericanos como Nicholas J. Spykman (“ESTADOS UNIDOS FRENTE AL MUNDO, FCE , 1944) fue la posible reconstrucción de las Provincias Unidas sobre la base del antiguo Virreinato. Los brasileños le atribuían esa intención a Juan Manuel de Rosas. Spykman alertó sobre esta eventualidad que supuestamente prohijaban los gobernantes surgidos del golpe del 4 de junio de 1943. Este pensador fue quien trazó las directrices de la geopolítica norteamericana de la postguerra, cuando su país obtuvo la primacía planetaria.

  Retomemos el punto de la visión en el mundo y su falta entre nosotros.

   Para ubicarnos en tiempo y espacio, el despliegue continental de EEUU tiene algunas ilustrativas secuencias:

Luisiana en 1803, comprada al mismísimo Napoleón;

Florida en 1819, adquirida en 5 millones de dólares;

Texas, arrebatada a México en 1845;

Nuevo México, en 1846, secuela del despojo de Texas;

Oregón, en 1848, para ir llegando al Pacífico;

California, en 1850;

Colorado, en 1861;

Alaska, en 1867, comprada al zar de Rusia  (¡Quiérese un territorio más lejano como inhóspito, que en la idea de Sarmiento debió ser un lastre inmenso…!)

Hawaii, en 1898;

Puerto Rico, en 1898;

Marianas, Guam, etc. También 1898.

Nuestro vecino Brasil, simultáneamente con nuestra abdicación a tener costas en el Pacífico, en 1903 compró a Bolivia los 355.000 km2 de Acre, al norte, pagando 2 millones de libras esterlinas. Eso sí, le obsequió dos esbeltos caballos blancos al presidente boliviano.

  ¿Por qué para el mundo entero de entonces un pequeño río, una colina, un punto hasta perdido en el mapa era relevante y para nosotros una provincia entera era fácilmente segregable?

  ¿Por qué un patriota como Estanislao Zeballos – nuestro representante ante el presidente Cleveland, árbitro de la cuestión de las Misiones, en 1895 – 35.000 km2 que se adentran en la selva, con caudalosos ríos aprovechables para la provisión de energía renovable – se dedicó más a los saraos cuando estaba en la misión arbitral en Washington, en contraste con el barón de Río Branco que  presentó ocho tomos con los fundamentos brasileños?

   ¿Por qué en el norte hubo patricios fundadores como Jefferson, Adams o Hamilton, pero entre nosotros los San Martín y los Belgrano sufrieron tantas tribulaciones, desplazados por los Valentín Gómez o los Agüero?

   ¿Por qué nosotros recién ocupamos Carhué y Puán – provincia de Buenos Aires – en 1876, cuando nueve años antes los norteamericanos ya estaban en Alaska, de cara a Siberia?

   ¿Por qué el mejor documento geopolítico de Mariano Moreno – “Plan Revolucionario de Operaciones” del 30 de agosto de 1810 – todavía permanece en una suerte de limbo historiográfico, como si nos diese vergüenza que el autor ponga énfasis en llevar nuestra emancipación a los territorios de Río Grande del Sur, Santa Catalina y por supuesto a la Banda Oriental del Plata?  Ese Plan tuvo una impronta geopolítica casi excepcional en las circunstancias de la aurora de nuestra emancipación.

   Mientras nosotros renunciábamos al Pacífico y perdíamos arbitrajes – menos el de Laguna del Desierto, ganado en 1994, Brasil salía airoso en un arbitraje con los franceses y otro con los holandeses por litigios fronterizos en las Guayanas. El tratado de Límites con Gran Bretaña, en 1904, por los diferendos sobre la Guayana Británica, mostró toda la vocación ‘fronteriza’ de Brasil y sobre todo de Río Branco. No es un dato irrelevante que en su testamento político, el barón escribiese: “Yo hice las fronteras del Brasil; los brasileños harán las de Sudamérica”.

   En Escombrera de los Pelambres, en la cordillera sanjuanina, una minera concesionaria de Chile, ha establecido un depósito de residuos tóxicos de 52 hectáreas. Lo inadmisible es que ese basurero está 1 km adentro de nuestro territorio. Esta incursión viene desde 2007. Aún no ha sido reparada.

   ¿Por qué los ambientalistas no protestan? Tendrían una doble oportunidad: defender nuestro territorio y preservar el ambiente. Esta desidia es sorprendente, pero grafica nuestra indolencia territorial.

   Dos conceptos finales:

   Teodoro Mommsen, uno de los mayores historiadores sobre el Imperio Romano, dice que esa historia “es la de un gran proceso de acumulación, de agregación”. Obviamente, en la faz geopolítica.

   Napoleón sostenía que “la política de los Estados se halla en la geografía”.

   Nosotros en nuestra (de) formación territorial nos apartamos de ambas angulares ideas.

  Me parece memorable una expresión del ministro de Relaciones Exteriores alemán (del 13 de enero de 2018): “En un mundo de carnívoros los vegetarianos la pasan mal”. En materia territorial los argentinos parecemos veganos en medio de una apetencia casi voraz por mares, senos, puertos, ríos, agua dulce,  praderas, minerales y por supuesto ‘materia gris’, el recurso humano.

  Nos faltó visión continental. San Martín y los suyos la tuvieron, pero sabemos que tuvo que irse al exilio. Nos sobró ‘visión’ municipal, al punto de que alguien señaló a Buenos Aires como la “capital del Imperio que no fue”.

  Ahora – mirando para adelante – deberemos recomponer la geografía política mediante un artesanal, arduo, pero imprescindible proceso de integración. Este es el mandato.

   Debo precisar que cuando censuro a algunos de nuestros patricios lo hago con el respeto que se merecen. Nadie ha sido absolutamente acertado ni nadie totalmente equivocado. Fueron lo que fueron. Hoy sólo analizamos con la intención de extraer conclusiones que nos permitan guiar el camino hacia adelante.

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