Diciembre 17 de 2018

Buenos Aires, Argentina

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PAÍS CICLOTÍMICO. Nueva nota de opinión del diputado Asseff

notas de opinion

Debe realizarse una campaña a favor del optimismo, motivadora de un ánimo sostenido. No podemos seguir con el vaivén euforia-depresión.

   En los últimos sesenta años vivimos entusiasmos iniciáticos y frustraciones postreras. Así pasó con Frondizi en 1958, con Onganía en 1966, con Cámpora-Perón en 1973, con Alfonsín en 1983, con Menem en 1989. Excluyo a Illia y Kirchner pues accedieron muy limitados de poder; a De la Rúa, tan poco carismático, ascendió enmarcado por la indiferencia. A Videla lo sustraigo de la lista porque si bien su golpe contó con la aprobación mayoritaria, su dictadura fue tan nefasta en todo aspecto y plano que merece estar afuera de estas menciones.

   Menos Perón, muerto en medio de una marea de congoja popular, todos se marcharon con el peso del fracaso y del desdén ciudadano, incluso la cónyuge del general. Obviamente, esto no cuadra al actual presidente quien pese a diversos contratiempos – como el creer que los precios, con la devaluación del 50% de 2015, ya estaban actualizados y sufrió y sufrimos una espantosa remarcación que potenció una inflación anual de más del 40% en 2016, postergando el punto de partida de la recuperación -, conserva un casi 50% de aprobación, entre quienes lo respaldan y los que lo califican como regular. Quizas más por aferramiento a una expectativa que por resultados.

   ¿Por qué se volatiliza tan rápido el entusiasmo? En primer lugar, somos un pueblo anímicamente lábil. El facilismo ha salido largamente airoso en la puja con el sacrificio, esfuerzo y temple. Seguidamente, somos mucho más estatistas que inclusive la ideología que levanta al Estado como su estandarte. Nuestro estatismo es cultural. La visión del Estado está notoriamente deformada. Acá todo se espera del Estado, desde un decreto que enriquezca en 72 horas a algunos influyentes vestidos de empresarios hasta otro que nos aumente nuestros ingresos con prescindencia de mérito o productividad o desarrollo tecnológico. Nosotros, en el llano, ‘no podemos hacer nada, sólo esperar que caigan las soluciones’. Así ‘filosofamos’. Nuestro estatismo – el 65% cree que es el Estado el que debe solucionarnos nuestra vida, emprender en todas las áreas, imperar en todas partes – es de naturaleza mágico-cultural, por no decir cuasi religioso. Propio de una religión laica. Es irrelevante el redondo fracaso de décadas.

   Como el Estado no es milagroso, el Jefe de él, el presidente de turno, aunque esté inspirado en las mejores intenciones – no fueron así las motivaciones de algunos de los mencionados -, naufraga inexorablemente. Como alguna vez escribí, ‘la señora Confianza’ se ausenta velozmente y que deja en soledad al gobernante. De inmediato emerge en el escenario algo mucho peor y más nocivo que la crítica, el escepticismo.

   Gobernar contra el pesimismo es como se dice vulgarmente remar en dulce de leche. Los ciudadanos escépticos no creen ni en lo que se ve y sobre todo no confían en nada. En este contexto es impensable siquiera una llovizna de inversiones. Lejísimo de la ‘lluvia’ de ellas. A años luz del ‘aluvión’ de capitales. Por el contrario, lo torrencial es como los ciudadanos corren a refugiarse en su más confiable seguro: el dólar. Para fugarlo o para sacarlo del circuito económico, en obvio detrimento de la actividad. Convergentemente, el Estado es el único que queda en pie para proveernos todo lo que reclamamos, desde incrementos salariales hasta inversiones creadoras de empleo. Empero, ese donante está en rojo, con un déficit insoportable y un creciente y embargante endeudamiento, interno y foráneo.

   Este cuadro no empece a que se pueda triunfar en la siguiente elección. Porque el comicio pasa por otro andarivel, sorpresivamente no económico. El dilema es volver a las negruras pasadas o por lo menos tener bastante libertad y algo de cambio. Pero el escepticismo conspira muy seriamente contra la buena gestión. La Argentina necesita mucho más de la gestión exitosa que la elección victoriosa. En todo caso se requiere que las dos líneas se yuxtapongan: gestión buena, airosa elección.

   Debe realizarse una campaña a favor del optimismo, motivadora de un ánimo sostenido. No podemos seguir con el vaivén euforia-depresión. Ni todo es tan virtuoso como para euforizarnos ni tan vicioso como para deprimirnos. Hay miles y miles de argentinos que siguen empeñándose en el esfuerzo y el mérito, orgullosos de lo que hacen, esperanzados en el progreso social e individual.

   Un factor que apuntalaría el buen ánimo es si pudiéramos visualizar que la impunidad van siendo arrinconada, la corrupción acotada y el resarcimiento de lo saqueado se vuelve tangible. En otras palabras, si hay extinción del dominio y ley del arrepentido premiado. Muchos sacrificios seríamos capaces de brindar si palpáramos que valen la pena.

    El país tiene que estabilizar su macroeconomía, pero antes sus emociones. Para ello, el ejemplo es más fuerte que las reservas del Banco Central.

Dr. Alberto Asseff

Presiente del partido UNIR
Diputado del Mercosur
Dip.nac. M.C.
www.unirargentina.org

 

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