Noviembre 22 de 2019

Buenos Aires, Argentina

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Octubre es posible. Por Alberto Asseff

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Nota de opinión del Parlamentario del Mercosur y candidato a diputado nacional de "Juntos por el Cambio" Dr. Alberto Asseff

   Sin reproches, sin enrostrarles a los votantes que votaron con el bolsillo, que no pensaron en el asfalto, el SAME, el Metrobús y las cloacas. Con redoblada confianza, octubre es posible. El electorado no está compuesto – ni acá ni en ninguna parte – por serafines y querubines. Son ciudadanos sometidos a múltiples tensiones y en la Argentina a una pulsión adicional, la mentada grieta.

   Se ha simplificado la hondura de histórica división argentina. No se trata únicamente de honestos vs. ladrones o de republicanos vs autoritarios. Lastimosamente, nuestro pueblo – a horcajadas de tantísimas frustraciones y de un cúmulo de descréditos, muchos aviesamente suscitados – tiende a suponer que honestos en las cumbres dirigentes existen muy pocos y que autoritarios son casi todos. O, como mínimo, que nuestro desapego por las instituciones es una mala formación cultural que atraviesa a todos los partidos y abarca a todas conductas. La desunión es más honda. Se trata de que a pesar de tener más de 209 años de vida emancipada aún no hemos acordado el modelo básico para nuestra vida en común. Por eso se sigue escuchando que ‘tenemos que definir qué país queremos’. Si la dirección todavía está  indeterminada, ¿cómo pretender que la Argentina avance? Se sabe, no hay viento favorable para la nave que no sabe adónde se dirige.

   El presidente le ha propuesto al país apertura, modernización, institucionalidad. Sólo sobre esas bases -  le ha dicho a la Argentina – se podrá progresar. Por eso, por caso, su empeño en lograr el preacuerdo Mercosur-Unión Europea al que recibió hasta con indisimulada emoción. El canciller casi lloriqueó al anunciarlo. Empero, ese mismo convenio fue fulminado como ‘tragedia’ por el entonces precandidato opositor a gobernador bonaerense. Y el ahora candidato a presidente Fernández expresó hace unos días que él no va a cerrar la economía, pero que protegerá los intereses de la gente. Es decir, la apertura es vista con aprensión porque es una amenaza de desamparo del trabajo argentino. No es algo propicio, sino una pócima ácida que habrá que digerir. Casi como aceite de castor.

   Son dos ópticas totalmente contrapuestas. Para el presidente, la apertura es la que generará más trabajo y actividad; para el candidato que lo enfrenta, esa misma apertura generará más desocupación y miseria. Para el oficialismo, es el camino a la riqueza. Para la oposición es la ruta a la pobreza.

   En este contexto decir que el presidente es responsable de haber mantenido vigente al sistema que ejerció doce años y medio el poder, entre 2003 y 2015, es cuanto menos, una ligereza. Ese régimen se sostiene porque la Argentina no ha saldado cuál es su derrotero. La propuesta de ‘Paz, Administración, Progreso’ de hace 140 años fue abandonada por la de ‘justicia y  distribución’. Se relegó la expansión de la economía, apostando a repartir lo preexistente. No es casual que un dirigente pensante como Frondizi haya propugnado en 1956/57 el desarrollo. Detectó que en él estaba la clave. Sin embargo, terminó echado, al igual que se honrado sucesor. El país, de tumbo en tumbo, ganado por el estancamiento. A la postre, la injusticia original no fue reparada y la promesa de un país que daría “un brinco magnífico”, al decir de Ortega y Gasset, se volatilizó. Llegamos a este crucial punto de endeudarnos hasta el tuétano para seguir distribuyendo mendrugos y hacer estructural a la pobreza. En contraste con antaño, cuando era sólo el estadio inicial del ascenso social propio de un país en constante progreso.

  Por eso, para que octubre sea posible – en el sentido de que no demos un paso enorme para atrás -, hay que exigir a la oposición que se defina acerca de qué modelo económico alternativo propone. Si apostará, como Perú y Colombia, a multiplicar el comercio internacional y al despliegue del mercado de capitales o retornará a los cepos, controles y variopintos dirigismos, ínsitos del estatismo que subyuga a esa parte de la Argentina.

   En los dos debates presidenciales obligatorios – me honro en haber sido coautor del proyecto de ley – no se debe hablar sólo de política doméstica. Hay que examinar la ubicación internacional de la Argentina. Su economía abierta. Su integración a las grandes corrientes de capitales y de comercio. Precisamente, el pensador español citado aseveraba que “la primera política es la internacional pues de ella derivan todas las restantes”.

   Tengo la convicción de que debatiendo lo grande, la ciudadanía descubrirá la pequeñez de miras del contrincante y sobre todo que quienes se ofrecen como opción son lo pretérito.

    En la Argentina dos meses pueden ser una eternidad. Ojalá que ese lapso alcance para una mutación memorable de la voluntad del pueblo.

 

*Candidato a diputado nacional por Juntos por el Cambio

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