Diciembre 15 de 2019

Buenos Aires, Argentina

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La extinción de dominio es mucho más que una reparación pecuniaria. Por Alberto Asseff

notas de opinion

La corrupción no sólo roba. Mata, empobrece, atrasa, expulsa a los jóvenes, sega proyectos, nos torna pesimistas, arrumba al mérito y nos transforma en una legión de descreídos en lugar de una nación de ciudadanos.

 Recuperar los bienes inmuebles, muebles y líquidos que fueron saqueados en los últimos veinte años no es solo una reparación material. Si la Justicia se ubica a la altura de las necesidades del país - lo cual es posible, pero no tengo la certeza de que sea probable - y procede con celeridad a ubicar y recuperar los bienes de la corrupción y del delito común como narcotráfico, trata, contrabando calificado, lavado de dinero ilícito, la Argentina, sobre todo la juventud, renacería de esperanza.

  Digo veinte años porque la persecución de un resarcimiento civil tiene ese plazo retroactivo. Siempre opera una prescripción. Es parte de la arquitectura estructural del derecho.

  La recuperación de bienes obraría como restauradora de valores intangibles entre los que no dudo en incluir al optimismo. Este es una actitud de vida con aptitud para generar todo tipo de parabienes. Es el optimismo - en rigor, la confianza - un fenomenal factor para favorecer la inversión de riesgo, esa que moviliza la economía y que genera trabajo y sus resultados, más bienes y servicios, abarcando a esos que necesitamos más que al Fondo Monetario, los transables, los exportables. Porque la Argentina autosatisfecha por el mercado interno es la que subsiste con una vida gris y estancada.

 La Argentina que emprende, invierte, produce, consume y exporta al mercado mundial es la que cierra todo el circuito y como consecuencia se muestra dinámica, con voluntad de vivir en serio, modernizarse, crecer y desarrollarse.

  La corrupción no sólo roba. Mata, empobrece, atrasa, expulsa a los jóvenes, sega proyectos, nos torna pesimistas, arrumba al mérito y nos transforma en una legión de descreídos en lugar de una nación de ciudadanos.

 Por la corrupción principalmente y sus nefandas consecuencias hemos pasado del 'pais-promesa' del que hablaron pensadores y estadistas del mundo en la primera década del siglo XX, a 'la Argentina desilusionada' como título uno de sus libros el historiador santiagueño Luis Alen Lascano.

  La corrupción deconstruye la institucionalidad. Produce su efecto cancerígeno en la Justicia, los otros poderes del Estado, las fuerzas de seguridad, los empresarios, los sindicados, la política. Todos caen en un desplome de incalculables y corrosivas consecuencias. A partir de esa decadencia por descomposición- putrefacción es el vocablo que cuadra -, empieza a regir irrefrenablemente el 'sálvese quien pueda' y el 'hago la mía'. El lazo solidario asociativo que implica una nación desaparece literalmente. En esas condiciones la recuperación del país deviene en una faena imposible, gobierne quien gobierne.

 La extinción de dominio fue dictada por decreto de necesidad y urgencia. Era una norma necesaria y urgente. Al darle facultades al fuero civil y no al penal, no riñe con la veda constitucional de que los DNU no pueden versar sobre materia punitiva.

   Es posible que la motivación del precepto haya sido político-electoral, pero suele acaecer que algo que nació por especulación termina erigiéndose en un hito memorable para la historia de la perdida honradez administrativa en nuestra república. Es poco relevante como se gestó la norma. Trascendentes serán sus efectos benéficos, morales y  crematísticos.

 Este DNU no es una punición, sino que su meta es la recuperación de lo saqueado. Corre paralelo a la vía penal - lenta hasta el pasmo. Esperemos que este andarivel exhiba la velocidad que reclama el pueblo.

Dr, Alberto Assef
Presidente del ártodo UNIR;
Diputado del Mercosur;
Exdiputado nacional 
 

 

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