Mayo 28 de 2020

Buenos Aires, Argentina

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El triunfo de políticos reaccionarios. Por Daniel Kiper

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El surgimiento de políticos reaccionarios tiene su causa, duele reconocerlo, en el hecho que el Progresismo ha fracasado.

Los problemas más acuciantes y cercanos para el hombre común no fueron resueltos: la falta de trabajo, de oportunidades y de violencia e inseguridad urbana siguen presentes e incluso se han acrecentado.

Sus valores, principios o creencias, consideradas verdades absolutas e irrefutables, fueron - sin que nos percatáramos - reemplazados por sus opuestos a través de una hábil manipulación de usinas de opinión y programas de entretenimiento.

Así observamos que el respeto al otro y su individualidad es reemplazado por sectarismo y xenofobia.

El otro, si no es de los nuestros, es rechazado aunque ello implique cerrarle las fronteras a quienes huyen del hambre, la guerra o atrocidades inimaginables.

Y si es de los nuestros tampoco debe esperar ayuda, solidaridad o protección social. La nueva ideología está basada en el individualismo competitivo, sin importar las desigualdades existentes desde la cuna y que condicionan no sólo la educación y las posibilidades reales de progreso individual, sino incluso la propia subsistencia de los sectores más desprotegidos.

El Estado de Derecho y las garantías individuales nos protegen de los abusos del poder, pero nos deja indefensos ante la delincuencia, común u organizada.

Ante ello, ya no son percibidos como principios elementales en tutela de los derechos básicos del individuo, sino como trabas que condicionan y limitan la administración de justicia. Se requiere eficacia y ello se logra prescindiendo de los formalismos, las pruebas y el juicio siempre que exista la “percepción social” de culpabilidad.

La protección social de los que nacen sin futuro, de los que padecen alguna discapacidad, de los ancianos o, en general, de los que no son capaces de valerse por sí mismo no es más un gesto de humanidad, de solidaridad o compasión elemental.

Ahora es un costo que el Estado no debe afrontar. La prioridad es reducir el gasto público, por la simple y sencilla razón que los problemas ajenos, en una sociedad que exalta el éxito económico, no son de mi incumbencia, en singular, porque es tiempo de pensar en uno mismo, a lo sumo en el grupo más íntimo y familiar.

Cada uno de nosotros debe trabajar y ser autosuficiente, aunque la tendencia en la sociedad tecnológica es la desvinculación del trabajo de la productividad. El lugar del trabajador es ocupado por máquinas que tornan obsoleta la mano de obra. En un mundo sin trabajo, los que reclaman por obtenerlo o demandan asistencia social, son etiquetados como vagos, a los que debemos ignorar.

Y sus protestas, réplicas de luchas de otro tiempo, hoy afectan y golpean al que tiene un trabajo, por lo general mal remunerado, y que intenta conservar.

Los dueños de la verdadera riqueza no son afectados por este tipo de protesta. Ganan dinero con especulación bursátil, inversiones financieras, acaparando empresas de servicios públicos indispensables, cuyas tarifas fijan sin control ni competencia.

Advirtieron la disconformidad social y, responsabilizando a los valores éticos representados por el progresismo, captaron a unos y otros. El progresismo es el “establishment “ que debemos juntos (marginados, laburantes y millonarios) derrotar.

El Progresismo queda circunscripto a grupos intelectuales que heredaron valores de reciente conquista en la historia humana y que subestimaron a quienes abogan por los privilegios de unos pocos en desmedro de valores universales.

El Progresismo se explica a través del pensamiento racional. La Reacción eludió ese camino. Optó por lo emocional. A partir de frustraciones personales y colectivas, aprovechando las debilidades de los representantes del progresismo, expresadas en actos de corrupción reales o presuntos, lograron, momentáneamente al menos, invertir los roles: defender la igualdad y la solidaridad es defender privilegios.

El hombre debe superarse con su propio esfuerzo. Basta de parásitos sociales es el mensaje. Y los pobres le atribuyen su infortunio a otros pobres y serán los ricos quienes los guiarán a la fortuna.

Es un mensaje que no resiste el debate porque si bien es cierto que el esfuerzo individual siempre es necesario para progresar, los medios económicos con los que cada individuo nace son más importantes y trascendentes para definir su progreso social. Los medios económicos abren puertas para canalizar el esfuerzo, abren puertas a la educación y a las oportunidades de toda índole. Empero sólo unos pocos los detentan.

Por ello sembraron el mensaje a través de programas de entretenimientos que parodian a políticos, de programas de chimentos que exponen las debilidades y bajezas de los políticos, de programas policiales dedicados a exponer, como si se tratara de una Corte de Justicia, la culpabilidad de los políticos, de manera continuada y sistemática.

Y triunfaron. Emocionalmente rechazamos a los políticos que defienden sus privilegios. Emocionalmente rechazamos a los políticos que son símbolo de corrupción. Y los pueblos buscan la antítesis. Votan al que aparece por fuera del sistema, al que denuncia los valores universales representados por el progresismo. Acusar de fascista a un fascista, no lo denigra. Lo exalta.

Es el voto castigo que el pueblo parece imponerse a sí mismo.
Daniel Kiper

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